Ayalgas

Hermosa ilustración de una triste ayalga  y de un cuélebre
Hermosa ilustración de Miguel Calero, a quien podéis encontrar en Instagram (@miguel_calero_ilustrador) y en Facebook (20+) Creaciones Ilustradas | Facebook

Las ayalgas de la mitología de Asturias son criaturas encantadas, mágicas, compañeras de los terribles cuélebres, a quienes entretienen y hacen compañía en sus palacios.

A veces, durante la mágica noche de San Juan, se pueden escuchar canciones muy tristes y hermosas, provenientes de lugares alejados y aislados. Si las sigues hasta su fuente, tal vez puedas ver a alguna de estas hermosas criaturas.

Ayalgas y Xanas

Las ayalgas comienzan su vida siendo chicas humanas completamente normales, cuya única características excepcional es una belleza extraordinaria.

Aún así, se considera que las Ayalgas no son tan bellas como las Xanas o Mouras. La explicación es sencilla, pues, mientras que las xanas nacen siendo hadas, las ayalgas lo hacen como jóvenes humanas, aunque después se conviertan en damas encantadas.

Por si tuvieseis la fortuna de encontraros con alguna de ellas una noche de san juan en las inmediaciones de un rio o de una fuente, os puedo decir lo siguiente: las ayalgas llevan una cinta de flores azules como ceñidor y una corona de violetas en su frente. Las xanas no.

Las mouras de galicia tienen relación con las serpientes y en algunos relatos son morenas.
Las ayalgas son las jóvenes más bellas, pero las mouras o xanas son seres de otro mundo.

Pero si te han quedado dudas, tengo un artículo que te las puede solucionar. Está dedicado a todas esas preciosas hadas acuáticas presentes en las mitologías de nuestro país: Mouras, xanas y todas sus primas hermanas.

Volviendo a las muchachas que se transformarán en ayalgas, es posible que su extraordinaria belleza o su encanto sean motivo suficiente para que un cuélebre se fije en ellas, o tal vez sea necesaria otra cualidad ajena a nuestro entendimiento.

Se narra en algunas leyendas y relatos que las aptitudes para la música y el canto pueden ser muy determinantes. 

Lo que es indudable es que una vez que un cuélebre elige a una muchacha para que se convierta en su ayalga, el destino de la joven estará sellado y todo cambiará para ella.

¿Pero qué son los cuélebres?

Los cuélebres se cuentan entre las criaturas fantásticas más célebres de Asturias. Son serpientes monstruosas, enormes, aladas y cubiertas de duras escamas. Pero no son simples monstruos, pues poseen una gran inteligencia y muchos dones, siendo además casi invulnerables y prácticamente inmortales.

Ayalgas y cuélebres tienen sus leyendas unidas.

Pero este post no trata sobre el cuélebre, sinó sobre las ayalgas. Si realmente quieres saber cosas sobre este otro ser del folclore astur, tan importante y emblemático, presente en tantas leyendas, aquí te dejo un post en el que lo averiguarás todo: el cuélebre.

Ayalgas; de jóvenes humanas a damas encantadas.

En el momento en el que los cuélebres descienden sobre ellas y las aferran con sus garras, un hechizo transforma a estas jóvenes. Se convierten en ayalgas, damas encantadas sometidas a sus nuevos amos, los cuélebres.

Son llevadas a los lugares en los que residen estos seres, tratandose normalmente de ruinas o de cuevas. Una vez allí, se dice que se convierten en las guardianas de sus tesoros, pero, de nuevo, este es un papel que desempeñan más a menudo sus compañeras astures, las xanas.

La ocupación real de las ayalgas es hacer compañía a los cuélebres, a quienes entretienen cantando o tocando algún instrumento.

Ah, pero estas jóvenes sienten una gran tristeza por no estar con los suyos y la expresan en las bellas y enigmáticas canciones que entonan. Esta tristeza se irá diluyendo a medida que pasa el tiempo, pues la ayalga va perdiendo gradualmente su naturaleza mortal para convertirse completamente en un ser de otro mundo.

En su soledad, se dice que las ayalgas desarrollan una relación extraordinaria y mágica con las plantas, con quienes conversan, pues pueden hablar con ellas. También se dice que se dedican a hilar y a confeccionar vestidos de oro o de seda.  

Las ayalgas se adornan con flores.

Las ayalgas y la noche de San Juan.

El momento perfecto para ver a las ayalgas es durante la noche de San Juan, siendo casi imposible encontrarse con ellas en otro momento.

Esto se debe a que los cuélebres sienten un gran sopor durante esa mágica noche, quedándose profundamente dormidos. Las ayalgas tienen la posibilidad en ese momento de intentar recuperar su humanidad perdida.

Ellas cantan, y su bella voz atrae a los hombres que pasan por las cercanías. Entonces, las damas encantadas se manifiestan a estos hombres en forma de luces o fuegos.

El hombre que los apague con una rama de sauce podrá contemplar como surge de las cenizas la ayalga, una joven de una hermosura deslumbrante que le ofrece su amor y, en muchos relatos, los tesoros que esconden los cuélebres.

Se cuentan aún a dia de hoy muchos relatos sobre estos encuentros. En ellos, la Ayalga se casa con el hombre mortal y pierde todos los poderes que su condición le había dado, como su bella voz y el entendimiento del lenguaje de animales y plantas. También pierde los recuerdos del tiempo que pasó como dama encantada.

Esto no sucedía siempre. Muchas veces las ayalgas no eran capaces de liberarse, no lo intentaban siquiera o bien el hombre no hacía las cosas como era debido. Entonces, año tras año, el paso del tiempo acababa diluyendo la naturaleza mortal de estas damas encantadas, convirtiéndose en seres inmortales.

Las Ayalgas tienen poderes sobre las plantas.

La leyenda asturiana de la ayalga

Ahora vais a tener la posibilidad de leer un relato, una hermosísima leyenda. Abrid vuestro corazón, pues, si os pasa cómo a mí, llegará directa a el.

Yo tuve la suerte de escucharla en el podcast de El abrazo del Oso, aunque desconozco la fuente original. La he escrito para poder compartirla con vosotros. Aquí la tenéis:

Laura nació mortal, y como mortal vivió hasta los 19 años. Su madre le había advertido que corrían tiempos de cuélebres. El monte se hallaba infestado de ellos, como si allí hubieran establecido su reino esas criaturas, venidas de nadie sabía dónde, que adoraban la música y que pasaban décadas añorando su sonido.

Laura adoraba la música, los prados, las riberas del río, el monte, las flores. Dotada del encanto y belleza de una Xana, bien podía ser fácil presa de los cuélebres, a juicio de su preocupada madre.

Por eso, si bien la belleza y dulzura de su hija no eran cosa de remedio, si lo era el mantenerla ignorante del manejo de cualquier instrumento musical, y lo consiguió durante 18 años. 

Más, el día de su 19 cumpleaños, un amigo la festejó con un concierto, y tanto le gustó su música a la joven que le rogó a su amigo que le regalase aquel instrumento, capaz de hacer magia con sólo tres cuerdas. Su amigo, que había construido por sí mismo el ravel, se sintió feliz de poder cumplir el deseo de Laura y se lo entregó. Ella, temerosa de la reacción de su madre, decidió esconderlo detrás de unas peñas en la ladera del monte.

Allí acudía cada día, sola, y practicaba hasta poder arrancarle las notas más dulces que ravel alguno pudiera contener en su caja de cerezo. Y pulsaba un dia las cuerdas, dando vida a las notas, creando historias, ensoñando las imagenes, cuando unas zarpas llenas de escamas la alzaron en vilo y la alejaron de las faldas del monte.

Laura despertó de su desmayo entre las ruinas de un palacio habitado por cuélebres. Inmediatamente supo lo que de ella se esperaba: que tocara su ravel sin pausa ni descanso para deleite de los monstruos. También supo entonces que no podía negarse, pues sobre ella, por obra de las zarpas del cuélebre, había caído un hechizo. Ahora, era una ayalga.

La vida de Laura transcurrió a partir de entonces entre notas de ravel cada vez más tristes y melancólicas, y el gesto de su rostro se transformó en una tristeza y amargura infinitas, privada de la compañía de ser humano alguno, prisionera entre muros rezumantes de humedad siempre a punto de desplomarse sobre ella.

Laura abandonaba su mortalidad para convertirse en otra cosa, no mujer, no humana, tampoco ser mágico, pero descubrió que con el hechizo algunos dones le habían sido otorgados. 

Como no podía comunicarse siquiera con los cuélebres, Laura le contaba su tristeza a las plantas y flores que crecían entre el musgo de las piedras del palacio, y las plantas llegaron a entenderla y a responderle.

De su comunión con las plantas le nació a Laura un ceñidor de flores en torno a su cintura, y una corona de violetas vistió su frente. Pasaron los días, los meses, sin más compañía que su ravel, sus amigas plantas y la compañía invisible de los cuélebres, siempre urgiendo sin gestos, sin palabras: música, más música.

Y llegó la primera noche de San Juan desde su secuestro. Laura escuchó un silencio inusitado en el palacio, en sus alrededores, y preguntó a las plantas la razón.

Los cuélebres duermen, siempre les pasa esta noche del año. Ahora es tu oportunidad para escapar.

―¿Pero dónde iré? Ni siquiera sé en qué lugar me hayo. Nunca había visto este palacio. No sabré regresar a mi casa ― lloraba Laura.

―Confía, confía ― susurraban las plantas. 

Y Laura decidió hacerles caso. De puntillas, para no despertar a los cuélebres, salió por primera vez a la noche estrellada, a la luna llena, y, con su rabel firmemente apretado bajo un brazo, Laura corrió lo más rápido que pudo para alejarse lo antes posible del palacio y de los cuélebres, pero algo en ella estaba ocurriendo: Se sentía cada vez más ligera y, al tiempo, llena de brasas.

Y era cierto, se hacía pequeña, pequeña, luminiscente, incandescente, una brizna de fuego, una chispa fatua. Perdida, asustada de la nueva transformación, Laura vagó entre los árboles, posada en sus hojas, picando el aire hasta el suelo, buceando en los maizales, desesperada por hallar un camino, una razón, una escapada.

Alguien, camino de la hoguera de San Juan, vió ese diminuto fuego fatuo despegar, aterrizar, levantar el vuelo, posarse de nuevo, tan errático que se la imaginó un potencial peligro para la cosecha, para las casas cercanas.

Diego se armó con una estaca de madera y atacó a la chispa para neutralizarla antes de que prendiera algo. Y sucedió algo muy extraño. Acertó la pequeña brasa y, en lugar de apagarla, cayeron sobre él un montón de cenizas.

Mientras, extrañado, Diego se sacudía las cenizas, estas se separaban de él y se arremolinaban, como queriendo formar un dibujo, y cuando terminó de formarse, Diego comprobó que habían formado una hermosa doncella con un rabel bajo el brazo. Diego pensó de inmediato que había topado con una Xana, nada de extrañar en una noche mágica como la de San Juan. Pero, antes de que pudiera preguntar a la desconocida, esta le ofreció, en silencio, uno de los extremos de su ceñidor de flores. 

Aun consciente Diego de que podía tratarse de una trampa y terminar su historia en el fondo del rio, decidió arriesgarse, pues era mucha la tristeza que emanaba del rostro de la doncella. Tirando del otro extremo del ceñidor, Laura condujo a Diego hasta el palacio de los cuélebres.

Allí, viéndolos aún dormidos, Diego armó un gran estruendo para que despertaran y huyeran de su presencia para siempre, liberando así a la ayalga. Fue así como Laura recuperó su naturaleza mortal y volvió a casa de la mano de Diego.

Tal vez se enamoraron, tal vez se casaron y tal vez algún día Laura olvidó su tristeza y pudo volver a ser la niña sol que siempre había sido.

¿Cómo os habéis quedado? 😊

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Un abrazo enorme. Muchas gracias por leerme.

Sentid, vivid y no os rindáis nunca.

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