Los simiots, terribles y destructivos hijos de temores ancestrales

Los simiots de la mitología de Cataluña, procedentes de la zona pirenaica del Vallespir, son mucho más que seres míticos. Sus leyendas nos transmiten una historia profunda y apasionante, y sus figuras han quedado inmortalizadas en la forma de estatuas en el pórtico de la iglesia de Santa María de Arles de Tec, en el Vallespir, fundada en el año 778 en la Cataluña pirenaica.

La creencia de nuestra especie en razas desconocidas, primitivas y salvajes, ocultas en los bosques, está muy arraigada en nuestro subconsciente colectivo. Ha sido así a lo largo de los tiempos y, en muchos lugares del mundo, lo sigue siendo a día de hoy. Después de todo, la separación entre el hombre civilizado y el hombre salvaje es muy fina y depende del lugar del mundo al que nos estemos refiriendo.

Perturbadora (pero magnífica imágen) de un simiot, creada por una IA (Midjourney)
Perturbadora (pero magnífica imágen) de un simiot, creada por una IA (Midjourney)

Hace pocos años, aún existían muchas zonas en las que el ser humano vivía de la recolección de frutos silvestres y de la caza practicada con lanza y con arco. Pero incluso estas personas, tan representativas de estos miedos de los que hablamos, tienen esos mismos temores. En sus mitologías, en sus creencias, también viven seres parecidos a ellos, pero más bestiales y salvajes.

Los simiots: repulsivos y muy peligrosos

Lo primero que nos llama la atención es su nombre. Pues sí, los simiots tienen ciertas semejanzas con los simios. Echémosles un vistazo: son monstruos antropomórficos, fuertes y muy peludos. Tienen patas de cabra, cuernos, grandes garras y una terrible dentadura. No presentan, pues, un aspecto agradable o tranquilizador, y, por encima, les caracteriza un olor corporal insoportable.

Joan Amades menciona en sus obras que eran figuras míticas muy olvidadas, cuyas leyendas casi habían desaparecido. También dice que los que aún las recuerdan afirman no haber visto ninguno de estos seres, aunque están seguros de que existieron. Según sus palabras, eran seres «excesivamente peludos y su visión era repugnante y estremecedora. Tenían un olor insoportable».

Vivían sobre los árboles y podían llegar a ser muy dañinos. Algunas leyendas les otorgan el poder de desatar avalanchas, grandes nieblas y tormentas que acababan con los cultivos. Podían provocar granizadas repentinas (con las mismas consecuencias), y contaminaban las aguas para esparcir enfermedades y plagas. También se les acusaba de matar al ganado y de llevarse niños de las casas y hacerlos desaparecer para siempre en el bosque. En definitiva, todos los miedos del ser humano en un entorno rural.

Un detalle curioso es que los simiots no pueden beber agua, ya que es venenosa para ellos. El resto de su dieta es vegetariana, pero, como hemos mencionado, sí que secuestra niños, aunque no se dice qué llegan a hacer con ellos. Solo se sabe que no vuelven a ser vistos.

Ilustración de simiots en sus árboles.

Los simiots en las leyendas

Cierta leyenda afirma que, en tiempos antiguos, los humanos y los simiots convivían en paz. En la mayoría de las demás narraciones se los presenta como seres malignos, pero hay una notable excepción que citaremos después. En ella, los simiots son dueños de un castillo y acogen a un viajero. Lo alimentan y sienten mucha curiosidad acerca de la personalidad de los humanos, tan diferente a la suya propia.

En otra narración, de 1665, el cura Francesc Morés, de Barcelona, ​​relata los milagros relacionados con la Virgen de Núria (Ripollès): un lugar infestado de demonios, sátiros y simiots, según escritos de 1338. Según estos textos, fue el ermitaño Amadeu quien, construyendo el santuario, habría ahuyentado definitivamente a estas criaturas.

Los simiots también están profundamente relacionados, en el norte de Cataluña, a la leyenda de los santos Abdón y Senén, patronos de Arles.

Alrededor del año mil, el Rosellón, y sobre todo el valle del Tec, eran el escenario de interminables terrores y calamidades. Sequías, tormentas y granizos estropeaban las cosechas y las bestias salvajes rondaban por todas partes, atacando a los humanos y llevándose a niños para devorarlos. Es en este entorno en el que se empieza a hablar de los simiots. Estos seres, además de provocar todas esas calamidades naturales, luchaban contra la nueva religión cristiana y se convirtieron en encarnizados enemigos de los hombres.

El temor y el caos que provocaban solo se vieron aliviados cuando, más tarde, un clérigo llamado Arnulfo hizo un viaje para visitar al Papa y volvió con ciertas reliquias, que resultaron ser nefastas para la raza de los simiots.

Arnulfo y los simiots del Vallespir

Esta es la historia: la comarca del Vallespir era uno de esos lugares en los que había mucha presencia de simiots. Los habitantes humanos de la zona estaban desesperados. Corría el año 1070 y Arnulfo, el párroco de Arles, tuvo la idea ir a pedir auxilio al Papa, en Roma. En aquella época, era un viaje largo y difícil, pero se puso en marcha.

Al final, tras la difícil travesía, Arnulfo pudo hablar con el Santo Padre. Le detalló los daños causados por los simiots y los suplicios a los que sometían a la gente. También le contó otra cosa: que en un sueño se le habían aparecido san Nin y san Non, o, como eran conocidos oficialmente, San Senén y San Abdón y le habían revelado donde estaban enterrados. El papa creyó que las reliquias de aquellos santos podrían ser útiles para proteger a la población y permitió que Arnulfo se las llevara a Arles.

El clérigo había conseguido lo que quería, pero, por si acaso, escondió los restos de cada uno de los santos dentro de una caja de hierro y estas, dentro de botas de vino, que llenó con agua. El viaje de vuelta fue largo y no faltaron sustos, pero el párroco consiguió llegar finalmente a la villa.

Cuando Arnulfo pasaba por un lugar en el que había simiots, la presencia de las reliquias santas provocaba la huida de estos seres, que no solamente corrían, sino que lo hacían víctimas de terribles sufrimientos. Al alcanzar el destino final y sacar las reliquias de las botas, por toda la región se oyeron aullidos, gritos y chillidos. Eran los simiots, que después huyeron de esa zona.

Parece que también la Garrotxa fue una zona muy afectada por la invasión de simiots. Los campesinos se libraron tomando el ejemplo de lo que se había hecho en el Vallespir: dedicaron una pequeña capilla a San Nin y a San Non. Consiguieron su propósito y los simiots huyeron también de allí.

No se sabe a donde fueron estos seres míticos, pero parece ser que algunos se refugiaron en el castillo de Rocabertí.

Existen estatuas de simiots en los muros del Castillo de Rocabertí.

Los simiots del castillo de Rocabertí

Algunas leyendas dicen que a los simiots les gusta vivir en las cuevas y en los castillos, y debe de ser cierto. Según una de esas leyendas, los simiots que habitaban el Castillo de Rocabertí, cerca de La Jonquera (Alt Empordá), no tenían mal corazón.

Dicen que, un día en que el frío habría dejado aterrado a quien se atreviera a ir por los caminos, los simiot abrieron las puertas del castillo a un viajero sorprendido por las heladas. El viajero aceptó sin ningún reparo y entró en el castillo soplándose los dedos para calentarlos y desentumecerlos. Los simiots nunca habían visto a nadie que hiciera algo parecido y, curiosos por naturaleza, preguntaron al viajero que era lo que hacía.

―Soplo los dedos para desentumecerlos ―dijo el viajero, que no entendía la sorpresa de aquel grupo de criaturas.

La Hospitalidad de los simiots fue más allá y su señor mandó que llevaran al viajero un plato de caldo caliente. Cuando se lo presentaron, el viajero comenzó a soplar sobre él.

―¿No está suficientemente caliente? ―preguntó un simiot, extrañado.

―¡Demasiado! ―respondió el viajero―. ¡Soplo a ver si lo enfrío un poco!

Los simiots se quedaron estupefactos: ¿quién era ese tipo de criatura que con una misma acción podía calentar y también enfriar? Va a quedar bien claro que no estaban acostumbrados a la compañía de las personas, que hacían estas acciones aparentemente contradictorias, sin ni siquiera tener que pensar en ello. Pero el razonamiento de los simiots y el de los humanos poco tiene que ver, por lo que le echaron del castillo a empujones. ¡A los simiots no les gustan los brujos!

Relato extraido de 1001 curiositats de la mitología catalana.

El agujero del viento

En su Costumari, Joan Amades atribuye a los simiots un trabajo importante, que a menudo comparten con los duendes catalanes (los follet). Ambas razas de seres míticos están encargadas de mantener tapado el agujero del viento. Y es que este proviene del interior de la tierra y sale afuera solo un día al año, coincidiendo con la festividad de San Vicente. El agujero del viento está en algún lugar dentro de los bosques. Solo los simiots y los follet saben su localización.

Es un lugar de vegetación muy apretada, donde nunca llegan las personas. Pero, justo el día de San Vicente, este agujero se destapa. Si no se apresuran a taponarlo, sale demasiado viento. Pero no es que sea tarea fácil. Al principio va a ser un agujero tan pequeño que era suficiente con un tapón de corcho para mantener los vientos bien cerrados. Pero con el paso de los años ha ido creciendo y cada vez se hace más grande.

Representación en piedra de un simiot

Los simiots: simbolismo, antiguedad y paganismo

Los simiots tienen un altísimo valor simbólico. En esto coinciden conmigo folcloristas y anteopologos, como Joán Amades. Hay que ver a la criatura en perspectiva: son seres peludos, malolientes y asalvajados, con un aspecto simiesco, que viven en los bosques y en las montañas. Son inteligentes, pero muy asalvajados. Se comportan de una manera hostil con el ser humano actual y, sobre todo, rechazan y son rechazados por la fé cristiana. Está muy claro: son un reflejo de un recuerdo muy antiguo, pero grabado en nuestro subconsciente colectivo. Estoy hablando de la coexistencia entre el ser humano actual y otros humanos que, o bien son más antiguos, o bien son sencillamente más atrasados. Cazadores y recolectores, mientras que los nuevos pobladores de los llanos y los valles son agricultores y ganaderos.

Para Joan Amades, los simiots serían una forma de sátiros de la mitología grecorromana, y que habrían vivido, no en Libya (Libia) sino en Llívia (Cerdanya). Sea como fuere, los simiots podrían tener relación con los «hombres salvajes» salidos de las divinidades de los bosques y las montañas, demonizados por el cristianismo y progresivamente convertidos en asustaniños.

Grabado de un simiot.
Simiot del Calendari 2016 de mitología catalana. Ilustración de Anna Ribot Urbita

Retomando la apasionante mitología de Cataluña

Está muy claro que la mitología catalana es apasionante, rica y variada. Ya existen en este blog un puñado de criaturas míticas que pertenecen a ella. Son las siguientes:

Como aún son pocas, si queréis conocer a los seres míticos de cualquier otra mitología de la península o bien de cual quier otra nación celta, podéis encontrarlas todas aquí:

Criaturas fantásticas.

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Fuentes principales:

  • Mitología dels Països Catalans, de Daniel Rangil, con ilustraciones de Laia Baldevey.
  • Seres míticos y personajes fantásticos españoles, de Manuel Martín Sanchez.
  • 1001 Curiositats de la mitologia catalana, de Susanna Esquerdo i Todó.

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