El ojáncano es uno de los seres más terribles y malignos del folclore cántabro. Pero es mucho más que una criatura mítica muy importante. Se trata, de hecho, de uno de los dos ejes de la mitología de Cantabria.

Ojáncano, bujáncanu, jáncano, juáncano, injáncano, ijángano y páncanu. Esta criatura recibe muchos nombres, pero dejemos que nos lo cuente Carlos Cabria.
Numerosas son las denominaciones que recibe este gigantesco ser; sin duda, ojáncano es la que más ha sido divulgada, aunque sabedores de la diversidad de los valles de Cantabria no es raro encontrarnos con nombres como juáncano o páncano, además de otros particulares apelativos que varían tanto como zonas conservan este particular y rico mito.
Sin embargo, la presencia de este mito no es extensible a toda Cantabria, sino que se circunscribe a ciertas zonas, especialmente a las áreas costeras y centrales de la región, con singular relevancia y presencia en la parte occidental, compartiendo la leyenda con el territorio asturiano que limita con Cantabria.
Dioses, mitos, héroes y leyendas de Cantabria, de Juan Carlos Cabria.
La importancia del ojáncano en la mitología de Cantabria
Los ojáncanos, protagonistas del post de hoy, encarnan el mal, lo brutal y lo salvaje. Son criaturas terroríficas, malvadas y muy agresivas, que viven para causar daño. Todo esto tiene su lugar y su sentido dentro de la mitología de Cantabria.
En su obra Seres míticos y personajes fantásticos españoles, Manuel Martín Sánchez afirma que la mitología cántabra gira en torno a dos razas de seres mitológicos, una maligna y la otra benigna, que son fundamentales en el folclore de Cantabria. Nos referimos a los ojáncanos (y también a las ojáncanas) y a las anjanas.
Estas últimas son criaturas míticas muy menudas y dotadas de pequeñas alas transparentes que les permiten volar. Son bellas (y mucho), tienen una larga melena rubia, una piel muy blanca y una voz preciosa, musical. También se les atribuye una varita o báculo y una estrella brillante, por lo que su apariencia es similar a la de las hadas de los cuentos.
Las anjanas representan uno de los dos ejes de la mitología cántabra: son espíritus del bien. Se las describe como bondadosas, siempre dispuestas a prestar ayuda a quien lo necesite. Sin embargo, su prioridad es poner remedio a las fechorías de los ojáncanos y socorrer a las personas dañadas o perjudicadas por estos monstruos. Son, pues, enemigas declaradas de los protagonistas de este artículo.
El ojáncano de Cantabria
Entre sus muchos rasgos notables, lo que más define a este monstruo es el único ojo que tiene en el centro de la frente. En efecto, el ojáncano es un cíclope al mas puro estilo de la tradición griega, como el Polifemo de la leyenda homérica. Y debo decir que este monstruo cántabro no es el único cíclope de las mitologías de esta península. Al final de este post veremos a sus equivalentes de la mitología gallega, vasca, asturiana, leonesa y extremeña.
Continuando con su descripción podemos decir que, aunque su forma es humanoide, su tamaño supera con mucho el de cualquier hombre. De hecho, a los ojáncanos se los suele describir y representar con tallas que van desde los tres metros de estatura hasta dimensiones realmente gigantescas. Además, y por si fuese poco, su poderío físico es mayor aún de lo que le correspondería por su tamaño. Su fuerza es sencillamente monstruosa.

Más cosas sobre el ojáncano
Según algunas fuentes, cada una de sus manos y cada uno de sus pies cuenta con diez dedos en lugar de cinco (nada menos). Se dice también que tienen varias hileras de dientes (por lo general dos).
El cuerpo de estos monstruos está cubierto casi por completo por un abundante pelo rojizo, descuidado y enredado, duro como cerdas de jabalí. Posee una barba que le llega hasta las rodillas, una cabellera que le tapa los hombros y la espalda y unos bigotes acordes con todo esto.
No llevan ropa, pues su abundante vello corporal los tapa casi por completo. Además, tienen la costumbre de embadurnar todo su pelo, que ya es muy duro de por sí, con unto de oso. Esto provoca que sus espesas pelambreras se vuelvan más rígidas, impermeables y resbaladizas. ¡Y aún más apestosas!
Se dice que, en sus correrías por el bosque, se les prenden las barbas y el pelo a las ramas de los árboles, que levantan de sus raíces en el paroxismo de una ira incontrolable. En este estado de furia despedazan y lanzan grandes rocas y árboles. Momentos como estos han dado forma a algunos montes y han creado muchos de los desfiladeros y precipicios de Cantabria.
Aún más cosas sobre el ojáncano
Los seres de esta raza se dedican a hacer el mal de muchas maneras distintas. Arruinan las cosechas, destruyen los sembrados y desvían el curso de los ríos. También se les puede dar por destruir puentes y destrozar aldeas. Tienen un apetito enorme que sacian con el ganado de la zona en la que viven. Sin embargo, no le hacen ascos a la carne humana y también se comen a los campesinos cuando los tienen a mano.
Los ojáncanos tienen sus moradas en grutas oscuras situadas en lo más profundo del bosque. Estas tienen las entradas cubiertas de maleza y cegadas por enormes piedras que solo estos seres pueden mover
Se encuentra su hogar en lugares oscuros y apartados, en cavernas y cuevas repartidas por las montañas. De ellas es un fiel guardián, pues no en vano toda esta tierra es su territorio. Aún hoy existen cuevas en Cantabria que nos recuerdan a su ilustre habitante. Constituye un buen ejemplo la Cueva del Ojáncano, en Molleda, Val de San Vicente. En el Dobra y en Andara se cuenta que deambulaban ojáncanos que erradicaron la vida de la zona, sucumbiendo incluso los lobos.
El ojáncano erra por vastos territorios, imponiendo su particular ley a toda la naturaleza, sembrando el pánico y el horror. Como paradigma de la maldad, se cree que destruye todo lo que encuentra a su paso.
Dioses, mitos, héroes y leyendas de Cantabria, de Juan Carlos Cabria.

El punto débil del ojáncano
La única manera de matar al gigantesco Balar, líder de los terribles Fomoré, era herirlo en su ojo maligno. Los cíclopes de la mitología clásica tenían el mismo talón de Aquiles. Los ojáncanos no iban a ser menos y, con toda su fuerza desmedida y su salvajismo, también tienen un punto débil. Y no, no es el ojo.
La debilidad de estos monstruos, la única manera de matarlos, se encuentra escondida dentro de su frondosa barba. Se trata del único pelo blanco que existe en todo el cuerpo de estos gigantes. Si alguien lograse arrancarlo, eso acabaría con la vida de ese ojáncano en concreto.
Ojáncanos y ojáncanas
Los ojáncanos no están solos: aunque parezca mentira tienen familia y amigos. Se emparejan con las ojáncanas, las hembras de su especie, aun sin ser físicamente iguales a ellos. Además, de la misma manera en que las anjanas son sus enemigas, los cuervos son sus amigos y les mantienen informados.
Según la tradición oral, cuando los ojáncanos envejecen son otros de su misma especie quienes los matan, les abren el vientre y se reparten lo que hay dentro. Después los entierran cerca de las raíces de grandes robles. A los nueve meses surgen de la tierra unos enormes gusanos viscosos, amarillentos y apestosos. Las ojáncanas los amamantan con leche y sangre de sus pechos hasta que, cuando cumplen tres años, se transforman en ojáncanos y ojáncanas jóvenes.
Las ojáncanas
Las hembra de los ojáncanos son aún más malvadas, feroces y peligrosas que ellos. Son un poco más pequeñas que sus contrapartidas masculinas y también poseen abundante vello rojo. Están dotadas de una cabeza inmensa y sus dientes son sucios y retorcidos, sobre todo los inferiores, que son similares a colmillos de jabalí. Los utiliza para despedazar a sus presas, ya que son carnívoras apasionadas.
Les gusta cazar los niños que se pierden en el bosque, pues son su manjar predilecto. También les encanta beber la sangre de los infantes antes de devorarlos a grandes dentelladas. El hecho de ser vampiresas y ogresas a la vez las convierte en uno de los asustaniños más populares de Cantabria.
Tienen unos pechos inmensos, que les cuelgan hasta casi las rodillas. Se los cargan a la espalda cuando corren, caminan, cazan o huyen, lo que les da una apariencia extraña y terrorífica.

Las ojáncanas son estériles. No pueden concebir pero, como hemos mencionado, amamanta con leche y sangre que mana de sus pechos a los gusanos que nacen del cuerpo putrefacto de los ojáncanos muertos y enterrados. Se dice que, mientras cría a estos gusanos, estos pueden morir si les toca en el cogote un murciélago, que en Cantabria llaman sapo volandero, aunque se pueden salvar si se les da de comer una hoja de avellano untada con sangre de zorro.
Una leyenda sobre el ojáncano
Aquí os traigo una bella y arraigada leyenda cántabra:
LA LEYENDA DE LA NOVIA DEL OJÁNCANO
Todos los días una bella mozuca cuidaba su rebaño de ovejas en la cotera ( cerro de acentuada pendiente ), donde el viento corre puro y la hierba parece un verde tapete en la montaña. Sin que ella se diese cuenta, un ojáncano iba cada tarde a verla sin faltar a la cita. Tan enamorado estaba que su cara rebosaba tristeza por no tener el amor de la joven.
Un día la joven, sedienta, fue a beber a una fuente cercana, la cual manaba cristalina y fresca. Este manantial se encontraba a los pies de una peña, de donde apareció el ojáncano para admirar su belleza en silencio. Ésta, al darse cuenta, salió corriendo y pidiendo auxilio a otros pastores que se encontraban cerca. El ojáncano se entristecía cada vez más por no poder conquistar a su dama.
Días después, tras superar aquel susto, la pastora encendía una lumbre cerca de la cotera para calentarse. Para ello utilizaba escajos secos y pequeñas ramas de un bosque cercano. Pero cada vez que había un atisbo de llama, ésta se apagaba por culpa de un airecillo que salía de un espinar cercano. Por más que la mozuca lo intentaba, más tozudo resultaba aquel extraño viento, que sólo parecía llegar en el momento de encender la lumbre. Y esta circunstancia la extrañó, de manera que se asomó a echar un vistazo por sus alrededores. De repente, volvió a ver al mismo ojáncano encima de la peña, justo donde lo había divisado con anterioridad. Como es de suponer, la bestia seguía con cara de pena, aumentando por momentos los suspiros y la angustia que sentía por su amor hacia aquella muchacha. En cambio, ella volvió a salir corriendo de nuevo y a llamar a los pastores y muy asustada.
Pasaron unos días hasta que la joven volvió a ir por la cotera. Esta vez pensó que sería bueno coger un coloño de leña para calentarse en su humilde morada. Mucho más tranquila esta vez por no haber visto a la increíble bestia, tomó la cambera de regreso a su cabaña. Después de un tramo, el camino se volvía cada vez más resbaladizo, haciendo tambalear en un par de ocasiones a la muchacha, que iba cargada con la leña. Pero al instante, se dio cuenta de que no llevaba peso alguno, como si le hubiesen quitado el coloño de las espaldas. De nuevo, aquel ojáncano la había tomado con ella, esta vez quitándole la carga de leña y llevándola él como si fuese un palo.
La moza, asustadísima, se dispuso a llamar de nuevo a los pastores que rondaban por allí, pero decidió a última hora no hacerlo, pues hasta entonces nunca la había atacado aquel ser, cosa que le dio que pensar. Aún aterrada, bajío sin mediar palabra, mientras el ojáncano la seguía a cierta distancia con el coloño en las manos.
Al llegar a las afueras del pueblo, el triste y deprimido ser volvió a poner el haz de leña en la cabeza de la muchacha y retomó el camino de vuelta al monte. Sin darse apenas cuenta, pasaban los días y el ojáncano seguía rondando a la pastora, la cual cogía cada vez más confianza, a medida que veía que la bestia no era violenta con ella.
Ya con la primavera cerca, ambos pasaban casi todo el día juntos. Hay que decir que el ojáncano, cuando estaba solo, seguía haciendo las mismas maldades de siempre, pero cuando estaba con su amada era bueno y bondadoso. Cortaba leña para la muchacha, la ayudaba con las ovejas, hacía una peña para resguardarse de la lluvia.
Los demás pastores estaban totalmente desconcertados ante las buenas migas entre la moza y el ogro. Y esta amistad se extendió por los valles, donde las gentes ya conocían a la pastora como la novia del ojáncano. Y tal calificativo la hizo ganarse tan mala fama que los mozos y mozas de la comarca la aborrecían hasta el punto de no querer saber nada de ella.
La muchacha, en vez de hacer caso a las habladurías, cada vez se sentía más apegada al ojáncano. Sólo que la maravillosa historia se truncó el día que la pastora no subió más al monte.
El triste y apenado ojáncano no paraba de buscarla por todos los sitios de la cotera. Incluso mandó a un cuervo volar en círculos por todo el valle para ver si la veía aparecer con el rebaño. Y aunque el ave estuvo toda la mañana busca que te busca, no obtuvo resultados. Cuando se posó en la nariz del ojáncano para comunicárselo, la bestia se apenó a la vez que se enfureció mucho.
Pasaron varios días con igual resultado. La furia del ojáncano era ya desmedida; lo destrozaba todo a su paso, llenaba los caminos de piedras, cegaba las fuentes con enormes rocas y hacía muchas otras fechorías.
Una tarde detuvo a un pastor cuando ya se recogía y le preguntó por la muchacha. El joven, aterido de miedo, le contó toda la verdad, que la moza había sido retenida por sus padres para evitar la amistad que había entablado con la bestia. El ojáncano dejó marchar al pastor y preparó su venganza para esa misma noche.
Al amanecer, todas las huertas, frutales y demás cultivos habían sido arrasados y destrozados. No quedaba nada en pie, la cosecha era un auténtico desastre. Además, cuando el cura fue a tañer las campanas para avisar a misa, vio que éstas habían desaparecido. Y lo mismo le ocurrió al herrero con el yunque, y al médico con su carro de caballos. Era desoladora la imagen de los caballos muertos y el carricoche destrozado. Los destrozos y maldades eran de una magnitud inimaginables. De hecho estas fechorías también llegaron hasta la casa de la moza. El ojáncano rompió incluso el carro y el horno de los padres de la pastora. Mientras los vecinos intentaban arreglar aquellos destrozos durante todo el día, al ojáncano le hacían falta tan sólo unos minutos para acabar con ello.
Al llegar al invierno la gente del pueblo se encontró sin cosecha, sin hierba para las vacas y sin maíz que llevar al molino, que también estaba roto.
Así que una mañana muy temprano, en vista que ese pueblo jamás volvería a levantar la cabeza, todos los vecinos cogieron sus enseres y se marcharon a un lugar mejor, pues sus casas, sus huertas, sus panojales, todo había sido arrasado por la bestia enamorada.
Pasaron los años y el pueblo abandonado comenzó a llenarse de zarzales y de matojos. Así que, ya se sabe que, si nos encontramos alguna aldea así en los montes de Cantabria, hemos de pensar que habrá quedado así por el desamor de un fiero ojáncano al que no dejaron una vez conquistar el corazón de una pastora.

Pataricus, ojancos, olláparos, pelujáncanos, tártalos y ollapines: los primos de nuestros ojáncanos
Como mencioné al principio de este post, las mitologías de nuestra peninsula están llenas de cíclopes. Tenemos a los tártalos o tortos del País Vasco y al Jáncanu y la Jáncana extremeños. También tenemos al olláparo y al ollapín, ambos gallegos. Por último, mencionar a los pataricos de Asturias y al ojaranco de Castilla y León.
El ojáncano, protagonista del post de hoy es, tal vez, la criatura más popular de la mitología de Cantabria. Tras mucho documentarme y compararlos, he descubierto que es posible que esta sea la criatura más peligrosa de toda su familia. Vamos a conocer a los demás.
El olláparo y el ollapín de Galicia
En Galicia, este ser es un gigante antropófago que tiene un solo ojo en mitad de la frente y, en ocasiones, otro ojo en el cogote. Bruto y feroz, muy salvaje y voraz, gran comilón, que vive en cavernas en los bosques y en los montes, sobre todo en las montañas de Lugo y Ourense.
El ollapín vive en cavernas de Galicia, en la comarcas gallega de Bolo y Caldeas y comparte muchos rasgos con el Olláparo, como sus costumbres antropófagas y su gran fuerza y brutalidad. La característica principal del Ollapín es que su único ojo no está en medio de la frente, como suele ser habitual en las criaturas ciclópeas, sino que lo tiene en el pescuezo.
No os voy a hablar más sobre estos dos seres porque ya tienen un magnífico post propio en este blog en el que lo podréis saber todo sobre ellos. Este es:
El olláparo, el terrible cíclope de Galicia.
El Jáncanu y el Pelujáncanu extremeños
Son la versión hurdana de esta criatura. Son seres malignos y antropófagos que visten con pieles de animales y poseen un cuerpo peludo y gigantesco, además de un único ojo enorme en su frente, lo que no les impide tener una vista prodigiosa y “panorámica” de varias leguas a la redonda desde la altura que les proporciona su estatura. A menudo se le supone casado con una jáncana o bien ser el hijo de alguna de ellas, pese a que éstas no suelen ser de un tamaño tan descomunal como el Jáncanu.
El Pelujáncanu se diferencia del Jáncanu únicamente en su cabeza calva con un solo pelo, en el que reside su descomunal fuerza.

El tartalo o torto del País Vasco
En la mitología vasca, son cíclopes antropomorfos, gigantescos, con costumbres antropófagas y comportamiento terrorífico. Viven en las montañas, según algunas fuentes en un monte próximo a las localidades navarras de Zizur Mayor y Astraín, el Monte Emerriega o en el monte Saadar en Cegama (Guipúzcoa), donde hay un dolmen llamado Tartaloetxea («casa de Tartalo»).
Su tamaño es descomunal al igual que lo es su fuerza, y su entretenimiento favorito es tirar piedras de un monte a otro. No me extenderé más, porque esta criatura tiene un post propio en el que la podréis conocer tan profundamente como queráis. Este es:
Tártalo, el temible cíclope de Navarra y Euskadi.
El ojaranco de Castilla y León
Conozco a este individuo gracias al gran Jesús Callejo Cabo, que en su extraordinaria obra El mundo encantado de Castilla y León nos habla de la variante segoviana de esta familia de seres. Él nos habla del filólogo y folklorista Aurelio M. Espinosa, contándonos de él lo siguiente:
Hizo un exhaustivo trabajo de campo en España a principios del siglo XX. Fruto de todo ello son sus Cuentos populares españoles, que constituyen la más representativa colección en su género, con 280 textos recopilados en varias regiones, entre los que predominan los de Castilla y León.
En 1936 recogió un cuento en Navas de Oro (Segovia) el cual hace alusión a un Polifemo local que recibe un nombre parecido al Ojáncano de los mitos cántabros. Está claro que su versión ha sido copiada de La Odisea con algunos tintes locales. Tiene un solo ojo, es antropófago y muy, pero que muy peligroso. El testimonio recogido lo describe así:
Había un ojaranco en un monte donde tenía su casa. Y tenía una piara de carneros que los guardaba él. Y todos los que pasaban y le pedían albergue, les mataba. Y llegó una noche un chico joven y le pidió albergue. Le admitió el ojaranco; y cuando ya iba a matar al chico, éste, viéndose perdido, le dio con una navaja en el ojo. Pero el ojaranco se puso a la puerta y dijo:
–¡Todo el que ha entrado aquí, no ha salido!
Al día siguiente el ojaranco fue a soltar su ganao. Y como no veía, no se quitaba de la puerta. Y el muchacho joven mató un carnero, se puso el pellejo encima de sus costillas. Y el ojaranco, al pasar los carneros, los iba tentando y decía:–Éste no es, que tiene lana. Éste no es, que tiene lana. Y pasó el muchacho. Y al verse libre, le dijo en voz alta:
–¡Ojaranco vil, a muchos matastes, pero no a mí!
Jesús Callejo Cabo. El mundo encantado de Castilla y León.

Hasta aquí hemos llegado con el ojáncano
La cántabra ha resultado ser una mitología rica, espectacular y, sobre todo, muy característica y diferente.
Es cierto que el ojáncano que hemos conocido hoy es uno de los dos pilares de esta mitología pero, sin embargo, no está solo. Otros seis seres de la mitología cántabra tienen un artículo propio en este blog. Estos son:
Además, si quieres conocer a los seres legendarios que pueblan el resto de las mitologías de la península, puedes hacerlo aquí: Seres míticos de la Península Ibérica.
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Un abrazo enorme. Muchas gracias por leerme.
Sentid, vivid y no os rindáis nunca.
2 ideas sobre “El ojáncano: la encarnación del mal en la mitología cántabra”
¡Qué interesante esta especie de cíclope cántabro y todas sus características, así como sus colegas de otras zonas con los que establecer diferencias y similitudes! ¡Además, la leyenda me ha encantado! ¡¡Un abrazo amigo!!
Un ser mítico muy importante, desde luego. ¡Un abrazo enorme, amiga mía!